sábado, 27 de febrero de 2016

EDUCANDO CON ASERTIVIDAD

¿QUE ES LA ASERTIVIDAD?


La asertividad es la habilidad personal que nos permite expresar directamente los propios sentimientos, opiniones y pensamientos y defender nuestros derechos, en el momento oportuno, de la forma adecuada sin negar ni desconsiderar los sentimientos, opiniones, pensamientos y derechos de los demás.
Las características de la asertividad son:


  • Es una característica de la conducta y no de la personaEs una característica específica a la persona y a la situación, no es universalDebe contemplarse en el contexto cultural del individuo, así como en términos de otras variables situacionales.Está basada en la capacidad de un individuo de escoger libremente su acciónEs una característica de la conducta socialmente efectiva
Como estrategia y estilo de comunicación, la asertividad se diferencia y se sitúa en un punto intermedio entre la agresividad y la pasividad. Se define como un comportamiento maduro en el cual la persona no agrede ni se somete a la voluntad de otras personas, sino que expresa sus convicciones y defiende sus derechos.
Otras competencias involucradas son la empatía, la comunicación, la escucha activa, la integridad.

Actitudes para educar en la asertividad

Según las recomendaciones del Ministerio se deben tener ciertas actitudes frente a los hijos.
1. En primer lugar se debe tener cuidado con las proyecciones, es decir, se debe evitar proyectar sobre nuestros hijos nuestros propios temores y dejar que ellos tengan sus ideas y experiencias. El adulto se limitará a transmitir sus opinones y a dar consejos contando sus experiencias pero sin establecer reglas. 
2. No se debe confundir un error puntual con una característica de la personalidad de una persona. Por ese motivo hay que tener cuidado con los mensajes que se transmiten a los niños.
3. En último lugar, los padres deben tener expectativas respecto a sus hijos acorde a su edad, ya que a cada nivel educativo le corresponde un conducta diferente y pueden desarrollarse problemas si se les exigen actitudes para las que no se encuentran preparados.
¿COMO NOS EDUCARON A QUIENES HOY SOMOS PADRES O ABUELOS JÓVENES?

Por Dra. Zaida Alicia Lladó Castillo, tomado del Expresso de Tuxpan

Creo que esa generación, como la mía, que nos casamos en el lapso de 20 a 35 años atrás, que fuimos formados en familias de clase media, que teníamos expectativas que no ambiciones enfermizas, que vimos crecer nuestras ciudades, que acumulamos amigas y amigos no importando clases sociales ni económicas,  que estudiamos en universidades públicas, que vivimos la época en donde los grandes genios de la música rock, pop, heavy metal, country, etc., hicieron las melodías que después de 40 años nuestros hijos aun disfrutan, etc., creo y lo digo sin presunción, fuimos formados para SER FELICES. ¿Y porque digo esto? Porque en la medida de que fuimos jóvenes espontáneos, creativos, decididos, formados con valores y principios y lo supimos aprovechar en la responsabilidad y el respeto, pudimos ir construyendo un proyecto de vida serio y formal en su momento, lo que a muchos nos permitió poder llegar a la edad madura con grandes satisfacciones familiares, profesionales o simplemente personales.




¿Pero cómo nos educaron nuestros padres? Pues como decía antes, el secreto es que nos educaron PARA SER FELICES, y eso incluía:

1.-Darnos responsabilidades desde muy jóvenes, primero desde la casa.  Así que era normal que nos hicieran ciertas exigencias: levantarte temprano, tender la cama, arreglar la ropa, ayudar a las labores de la casa, cuidar al hermano (a) menor, cuidar los zapatos, etc., teniendo que hacerlo aun contando con alguien en el servicio, ya que las obligaciones no cambiaban. Además de hacer la tarea y si se podía, ocupar el tiempo libre en algo que generara ingresos. Dinero que era sólo para sí mismo o que servía para adquirir algo que necesitara la familia con urgencia.

2.-Diversificar el conocimiento y los oficios. Nuestros padres no sólo nos permitieron estudiar la carrera a la que nos íbamos a dedicar, sino que respetaron que diversificáramos conocimientos y actividades y era, porque sabían que tarde o temprano, todo lo que aprendiéramos nos iba a servir. Por eso, además de avanzar en la educación formal, podíamos conformar nuestro gusto por la danza o la música, hacer deporte, estudiar una carrera corta, trabajar, etc., Todo ello, permitió la autonomía,  la autosuficiencia y fortaleció la seguridad personal y sirvió posteriormente para actuar como profesionistas maduros y responsables.

3.- Respetar a las personas mayores y a quienes ostentaran una autoridad en nuestra familia y en la sociedad. Nuestros padres nos enseñaron  el respeto a los mayores y a la autoridad. Ello como norma de convivencia muy efectiva, y sin duda, eso permitió que cuando fuéramos mayores, pudiéramos saber dar y exigir respeto. Es decir, en la medida en que fuimos enseñados a ser respetuosos y lo proyectábamos a otros, pudimos también aprender a recibir respeto de nuestros semejantes.

4.-Obligarnos a convivir con gente en armonía. Esa fue una gran regla, que empezaba en casa, en la forma de llevarse entre hermanos. A veces había diferencias pero nos enseñaron entender al de enfrente, aunque no nos gustara lo que dijera o pensara, así como inculcarnos el valor de la unidad y el apoyo mutuo. Nos enseñaron a ser honrados para poder conservar un lugar digno en nuestro medio. Eso permitió que nos integráramos con facilidad a los grupos de compañeros y amigos. Quienes estudiamos en centros educativos públicos, la relación con jóvenes de todos los niveles sociales y económicos era constante. No había presunciones, lo mismo jugábamos juntos basquetbol,  ricos o pobres. Podíamos visitar amigos y amigos a sus casas sin mayor problema o viceversa. Todos nos sabíamos comportar y respetar.  Nuestras diversiones eran de convivencia directa y de contacto: juegos de mesa, ir al cine con las amigas o amigos; ir a fiestas particulares, 15 años o bailes  o festejos tradicionales en la ciudad, etc. Nuestro mayor pecado era fumar en público o subirse al carro del novio.

Todos nos conocíamos y nos dábamos afecto, éramos muy felices. En esas épocas surgieron los amigos y amigas para siempre. Y fueron tiempos donde conocimos los primeros amores y sufrimos las primeras decepciones, que con facilidad olvidamos porque, también a eso nos enseñaron nuestros padres, a que nuestras emociones se fortalecieran ante el dolor, el castigo o el sufrimiento.

Sin duda los ciudadanos que nos tocó esa época,  fuimos privilegiados porque vivimos las ciudades cuando eran chicas, en extensión y población. Tuvimos la suerte de aprender a ser poco pretenciosos, ser más espontáneos y a valorar lo que realmente llena: la verdadera amistad y todos aquellos valores y comportamientos que ahora se extrañan en la conducta de los jóvenes y en nuestra sociedad.

Los jóvenes de los 70s que somos los adultos de hoy, que supimos lo que era la creación de las cosas y no sólo lo reproducción de las mismas, que aprendimos tanto a defendernos como a conquistar cara a cara y no a través de un medio electrónico, etc., tuvimos muchos motivos para ser felices. Quien no lo fue, es porque no aprovechó las oportunidades que sus padres les pusieron en charola de plata, porque aun con carencias muchos pudieron cubrir sus metas.

Por eso me siento muy orgullosa de ser de esa generación setentera que creció y maduró cultivando el ánimo y la emoción de manera adecuada y permitió que pudiéramos apreciar lo bello y sencillo en la música, en la cocina, en el arte, en la vestir, en el convivir, incluso en la forma de dar afecto y amor. Por eso aun siendo ya maduros hoy, NOS VEMOS JÓVENES, porque cuando se ha sido feliz, es una marca que no se te quita nunca.

Pero… ¿porque ser tan egoístas de disfrutar sólo ese recuerdo? ¿Por qué no verlo o hacerlo realidad con las nuevas generaciones?  De esas generaciones de los 70s, debe surgir la iniciativa de cambiar las cosas. Así como transformamos las ciudades en metrópolis, así como fuimos cambiando las instituciones para hacerlas gigantes, así como logramos que las disciplinas avanzaran, etc., entonces recompongamos lo que no hicimos bien y hagamos el esfuerzo de cambiar a nuestros jóvenes, para que también ellos aprendan a ser felices.  Porque muchos de ellos, aun teniendo todo lo material, no lo han sido nunca.
  
Propongámonos entonces, hacer lo imposible para que nuestros hijos, sobrinos, alumnos, etc., estén educados para vivir bien y en armonía. Y para que a su vez puedan ser buenos modelos para las generaciones siguientes.  Porque no se puede mejorar el futuro sino cambiamos el presente.

viernes, 26 de febrero de 2016

Poner límites a los hijos


PONER LIMITES A LOS HIJOS




Muchos padres se enfrentan a un reto importante a la hora de educar a sus hijos: ¿qué límites les ponemos?
Los niños no tienen la misma conciencia que los adultos al actuar, por ello es una labor de los padres establecer una serie de pautas que los hijos deben conocer para saber cuando están actuando mal.
Lo importante es no aplazar demasiado el momento de establecerle los límites, ya que obtendremos los resultados de forma más lenta y costosa. Desde el primer día que está con nosotros, podemos ir mostrándole con cariño las pautas de un buen comportamiento.
Poner límites a los niños es importante, no solo porque así la convivencia es más armónica sino también porque los niños son los primeros interesados y beneficiados de que se les marquen unas normas que, además de infundirles seguridad, les van a permitir adaptarse mejor a las normas y límites sociales en su vida social y adulta.
Un límite es una frontera que contiene la conducta de alguien, permite delimitar, organizar y proteger; son importantes para su desarrollo y evolución ya que les aportan seguridad y protección
Es importante fomentar la responsabilidad y no la culpa, como recurso para que los hijos puedan hacerse cargo de su propia vida.
Lo que se limita es la conducta de tal manera que no afecten el respeto y la autoestima del niño.
Se trata de poner límites sin que el niño se sienta, humillado, ridiculizado o ignorado.

  1. Señale la situación problemática empleando pocas palabras. Los sermones son poco efectivos y alteran a las personas.
  2. Evite calificar al niño, solamente señale el problema.
  3. Sea firme, pero tranquilo.

Los límites deben ser:
  1. Claros.- Debemos asegurarnos que las entiendan o difícilmente las cumplirán, centrándonos en lo que queremos que haga o deje de hacer, es decir en la conducta, en cuestión, no en la actitud o en la valía del niño Por ejemplo, si el niño nos interrumpe cuando estamos hablando con otra persona habría que decirle “Espera a que termine de hablar” o “No me interrumpas cuando hablo con otra persona”, en vez de “No seas pesado” o “Compórtate como un niño mayor”.
  2. Concretos.- Es decir ir al grano: A la hora de establecer el horario de llegada a casa de un adolescente habría que concretar, por ejemplo: “Vuelve a casa antes de las 10 p.m.” No sería adecuado el mensaje “Vuelve pronto” o “No llegues tarde”. Si pensamos que el adolescente puede saltarse la norma sería bueno el recordarle la consecuencia: “Ya sabes que si llegas más tarde de las 10 el próximo sábado no podrás salir”.
  3. Cumplidos.- Hay que ser constantes con las normas y consecuentes con las decisiones tomadas: las órdenes que nunca se cumplen, los castigos que olvidamos, etc. provocan una pérdida de autoridad y le confunden.
  4. Consistentes.- Un límite es firme si siempre lleva aparejada la consecuencia. La consistencia es el punto más importante del establecimiento de límites: cuando el niño sabe que siempre sus padres actúan como han acordado, tendrá en cuenta la norma y la respetará.

Es importante aprender a comunicarnos con nuestros hijos para que los límites se cumplan. Estas son algunas recomendaciones.

  1.  Asegurémonos de lo que queremos decir. A veces somos demasiado rigurosos con nuestros hijos, pidiendo demasiadas cosas que no son realmente necesarias, lo que da más oportunidades al niño de desobedecer. Es bueno pararse a pensar en la importancia de la indicación antes de darla. Una vez que la damos es importante que el niño cumpla lo que le pedimos y si es necesario apoyaremos su cumplimiento. Si pedimos al niño que recoja sus juguetes y acabamos recogiéndolos nosotros, difícilmente nos obedecerá en el futuro.
  2. Digamos, no preguntemos. Las indicaciones en forma de pregunta dan al niño la opción de negarse. Es preferible decirle ayúdame a poner la mesa que ¿quieres poner la mesa?
  3. Hagamos que sea fácil de cumplir. En niños más pequeños a veces tenemos que limitarnos a una sola indicación, aunque necesitemos que el niño realice varias tareas. Si la tarea es compleja para él, podemos dividirla en varios pasos para que pueda cumplirla, elogiando cada paso. Por ejemplo si un niño está aprendiendo a vestirse solo, podemos elogiarle por cada prenda que sea capaz de ponerse.
  4. Asegurémonos de que nos escucha. Sin un contacto visual no podemos estar seguros de que nos han oído. No conviene dar indicaciones a gritos de una habitación a otra, ya que el niño puede estar tan concentrado en la actividad que esté realizando que ni siquiera nos escuche.
  5. Si queremos estar seguros de que recibe y entiende nuestra indicación debemos eliminar todas las demás distracciones (televisión, música, videojuegos…)
  6. Conviene asegurarse de que ha entendido lo que le hemos indicado. Para ello podemos pedirle que nos repita la indicación que le hemos dado.
  7. Debemos considerar el tiempo. A veces es necesario decir al niño de cuanto tiempo dispone para realizar la tarea.
Pautas para padres y madres
  1. Deben dedicar tiempo a los hijos. Muchas conductas de los hijos no se controlan simplemente porque su padre y su madre no están disponibles para atenderles.
  2. El niño tiene que aprender que rebasar los límites puede traer consecuencias negativas para él. En cualquier caso, esas consecuencias deben ser proporcionadas y, a poder ser, inmediatas para que el niño lo entienda perfectamente.
  3.  En lo posible, las reglas y los castigos deben ser pactados


    entre los padres y los hijos.
  4. La disciplina sólo la pueden ejercer adecuadamente los progenitores que sean capaces de combinar el cariño y el control.
  5. Conviene recordar que lo que más influye en nuestros hijos no es lo que les decimos o lo que les hacemos, sino cómo “somos”. Por eso, la educación representa no sólo revisar nuestras conductas con ellos, sino nuestra forma de ser como personas.
  6. Se precisa un buen clima familiar.
  7. Es normal que los niños prueben tanteando a sus padres para comprobar hasta dónde pueden llegar. Es en ese momento cuando más firmes deben mostrarse los padres. Si ceden, luego será muy difícil dar marcha atrás.
  8. Todo ello incluye la necesidad de que los padres sean razonablemente flexibles, según las circunstancias y la edad.
  9. Los efectos de no poner límites moldean a un niño que nunca tiene suficiente, que exige cada vez más y que tolera cada vez peor las negativas, un niño que crece con una escasa o nula tolerancia a la frustración.